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Eduardo Halfon: «Al escribir ‘Canción’ entendí que un nombre también es un fantasma» – Noticias al Despertar
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TURISMO

Eduardo Halfon: «Al escribir ‘Canción’ entendí que un nombre también es un fantasma»

Eduardo Halfon.

Eduardo Halfon.

«Canción» es el título de la última novela del escritor guatemalteco Eduardo Halfon y es a su vez el sobrenombre de uno de los personajes de esta historia de secuestros y memorias familiares que se articulan con el resto de su obra, pero sobre todo con la línea genealógica paterna de «Duelo», la cual no deja de ser una máscara porque -como dice el autor- «el disfraz aparece desde la primera frase del libro», cuando el protagonista y narrador llega a Tokio «disfrazado de árabe».

Uno de los mejores proyectos de escritura latinoamericano, sin dudas, es la narrativa de Halfon. En la novela «Canción» si bien la trama está tejida en el ir y venir entre una conferencia reciente de escritores libaneses en Japón, el secuestro en enero de 1967 del abuelo del autor (que se decía libanés pero era sirio) y la infancia de ese nieto en la década del setenta, lo importante en la construcción de la historia es la prolijidad de la forma, la dosificación de la sorpresa, la elección de la palabra exacta para cada hecho o idea.

El dominio exquisito del lenguaje de Halfon, nacido en Guatemala en 1971, sigue sorprendiendo libro a libro a sus críticos, pero sobre todo a sus lectores, quienes disfrutaron (o pueden disfrutar) de sus novelas «Duelo», «El boxeador polaco», «Monasterio» y de «Biblioteca bizarra», un conjunto de textos que iluminan el resto de su narrativa y fueron publicados en Argentina por Ediciones Godot el año pasado.

Portada del nuevo libro de Eduardo Halfon.

Portada del nuevo libro de Eduardo Halfon.

T.: ¿Cómo se vinculan los personajes de «Canción» con el resto de tus novelas, en particular con «Duelo»?

E. H.: El vínculo principal es el narrador. Ese otro Eduardo Halfon que tanto fuma y tanto viaja, que es más intrépido que su autor y que lleva ya varios libros contándonos sus andanzas (este es el sexto). Él me sigue guiando hacia donde quiere. Pero además hay temas que reaparecen, escenas de libros anteriores que aquí continúan, personajes que vuelven. Aiko, por ejemplo, la chica japonesa cuyo abuelo sobrevivió a la bomba de Hiroshima, ya había aparecido en una página del libro «Signor Hoffman», en donde la conocemos brevemente, sin saber su historia. Dos libros después, ella nos cuenta quién es y por qué está presente. Y sí, el vínculo con «Duelo» es claro.

«Canción» es el segundo libro que gira alrededor de la historia de mi familia paterna, de mi abuelo libanés. «Duelo» surge de la muerte de su hijo primogénito, y ahora «Canción» parte de la historia de su secuestro en 1967 por un grupo de guerrilleros. Si los primeros libros de este proyecto viajaban más hacia Polonia, hacia mi familia materna, en «Canción» estoy de vuelta en mi lado libanés.

T.: ¿El relato sirve para cuestionar la idea de patria o identidad nacional tanto para un libanés, un sirio o un guatemalteco y todas las nacionalidades?

E. H.: Es que nada es lo que parece ser. Mi abuelo era un libanés que no era libanés. Aunque siempre se dijo a sí mismo libanés, cuando él sale de Beirut, en 1917, el Líbano no existía. Se funda como país mucho después. Mi abuelo administrativamente era sirio, porque Beirut pertenecía a Siria, pero él no se decía a sí mismo sirio, sino libanés. Entonces, ¿qué es ser libanés, si nada tiene que ver con un país o una nacionalidad? Y en otro plano, ¿qué significa para mí ser libanés, como nieto de un libanés que no era libanés? Una pregunta con la cual me vi enfrentado al recibir una invitación a Japón para participar en un congreso de escritores libaneses, y tuve que vestirme con mi disfraz de libanés. ¿Es la identidad, entonces, un disfraz que me puedo poner y quitar cuando me lo solicitan, cuando más lo requiero?

«Escribir es un acto solitario, íntimo, laborioso, por momentos hasta mágico. Ser escritor es una impostura»

T.: ¿Ese disfraz es otra característica importante de «Canción»?

E. H.: El disfraz aparece desde la primera frase del libro: «Llegué a Tokio disfrazado de árabe». Pero es un disfraz que luego uno encarna. Uno se vuelve el personaje. Es el disfraz ligado a la identidad. O la identidad a través de un disfraz. Decía Chaplin que él no conocía a Charlot, pero que al nomás terminar de vestirse y maquillarse llegaba a encarnarlo por completo.

Foto del abuelo del autor y protagonista de la novela "Canción".

Foto del abuelo del autor y protagonista de la novela «Canción».

T.: ¿La reconstrucción genealógica del personaje, claramente tu alter ego, cumple un papel fundamental en esta novela como en el resto de tu obra? ¿Por qué?

E. H.: Mi personaje principal, ese otro Eduardo Halfon, sigue empeñado en construir su genealogía. Es como un rompecabezas que va queriendo armar. Un esfuerzo por ordenar todos los fragmentos de su ser. Y lo hace a través de viajes, de historias, de ficción, de la literatura. Es su genealogía la que va armando, no la mía. No es una autobiografía lo que estoy escribiendo. Tampoco son memorias. Es ficción. Y la ficción, cuando funciona, es universal. Aunque una historia tenga sus orígenes en la vida misma del autor, la literatura la convierte en la vida de cualquiera, en la vida de todos.

T.: ¿Cuáles son las marcas que se heredan cuando la herencia también es el nombre de un antepasado?

E. H.: Yo soy el segundo Eduardo Halfon. Mi nombre me lo heredó mi abuelo. Pero Halfon es un apellido inventado. El apellido original era más largo, y lo cortó a la mitad un oficial de inmigración caprichoso en Ellis Island, Nueva York. Mi abuelo, en ese momento, se vuelve Halfon. Siempre me interesó cómo algo tan azaroso y precario puede ser también algo tan definitorio y pesado. Yo recuerdo de niño escuchar las amenazas de cuidar bien mi nombre, porque era el nombre de mi abuelo. Mi padre y mi abuela y mis tías me decían que yo guardaba en mi nombre la imagen de mi abuelo. Y al escribir «Canción» entendí que un nombre también es un fantasma.

T.: Teniendo en cuenta las acusaciones finales de la historia, ¿cuánto de impostura hay en un escritor?

E. H.: No es lo mismo escribir que ser escritor. En el acto de ser un escritor hay una impostura. Ir a congresos. Dar entrevistas. Uno se pone su ropa más elegante y se peina bien y busca su mejor pose de escritor. Pero esa pose nada tiene que ver con el acto de escribir. Son dos cosas distintas. Escribir es un acto solitario, íntimo, laborioso, por momentos hasta mágico. Ser escritor es una impostura.

T.: ¿Y cuánto hay de extravío durante el relato?

E. H.: Desde el título, yo juego al extravío. No al engaño exactamente, sino a dar pistas falsas. Hay una tendencia en mis libros a querer desubicar o perder al lector, para que nunca sepa hacia dónde va, para que se sorprenda, y eso empieza definitivamente con el título. «Canción» no es un libro musical. «El boxeador polaco» no es un libro de boxeo. «Monasterio» es un libro muy judío a pesar de tener un título tan católico. Me gusta jugar al extravío. Desarmar, desde el título. Pero es un extravío que continúa en el relato. Aunque «Canción» empieza en un congreso de escritores libaneses en Tokio, luego se convierte es una historia sobre las atrocidades que se cometieron en Guatemala durante el conflicto armado interno.

T.: ¿Cómo se cruza el surrealismo guatemalteco o latinoamericano con la violencia entre los militares y la guerrilla en esta novela?

E. H.: La violencia que se vivió en ese entonces en Guatemala y Latinoamérica es insólita y brutal. Torturas, secuestros, desapariciones, genocidio, compatriotas contra compatriotas. ¿Cómo se entiende, desde la perspectiva de un niño, que la secuestradora de tu abuelo de pronto entre al restaurante dónde estás almorzando? Hay un nivel de absurdo en esa situación. Se puede pensar en un nivel de surrealismo, entonces, especialmente visto desde la óptica de un niño. Y eso para mí era fundamental, porque si iba a abordar el tema de la guerra o del conflicto armado interno en Guatemala, tenía que hacerlo desde cómo viví yo ese momento en mi infancia. No podía abordarlo de otra forma. En la mirada de un niño hay una realidad que deja de ser real y se vuelve surreal, casi onírica. Y me parece que esa es la única manera de poder ver la brutalidad e irracionalidad de una guerra.

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