TURISMO

Federico Falco: «El lenguaje por momentos nos da la sensación de que podemos controlar la realidad»

Falco es autor de los libros de cuentos "222 patitos", "La hora de los monos" o "Un cementerio perfecto".

Falco es autor de los libros de cuentos «222 patitos», «La hora de los monos» o «Un cementerio perfecto».

 En «Los llanos», la primera novela de Federico Falco, que resultó finalista del Premio Herralde de Novela, el paisaje rural se impone como analogía del lenguaje para explorar el paso del tiempo y la soledad, en la voz de un narrador que se instala en el campo después de una separación para reencontrarse consigo mismo y reconstruir hilos de su infancia, mientras ve crecer, despedazarse y volver a brotar la huerta que siembra en la indomabilidad de la naturaleza.

Como un diálogo entre la planicie de la llanura y una vida en pausa, como define su autor en diálogo con Télam, «Los llanos» se estructura en capítulos que son meses. Comienza en enero: «En la ciudad se pierde la noción de las horas del día, del paso del tiempo. En el campo es imposible», dice el narrador de esta novela en primera persona, un escritor que se desencuentra con la palabra escrita y decide autoexiliarse en una casa rural con la fantasía de refugiarse en una huerta, como la que cuidaba y plantaba con sus abuelos en la infancia.

«Cuando pensé en este personaje y en el paso del tiempo me parecía que el paisaje tenía que ser el llano. Él estaba aislándose en un lugar donde pasa nada. Un paisaje donde a golpe de vista no hay más que una línea, la línea del horizonte. Pero después, cuando va fijando la vista, va a encontrar detrás de la pura línea plana un montón de cosas, recorridos, diferentes formas de nombrar. Me gustaba ese diálogo entre la llanura, esa vida plana que está atravesando el personaje y el paisaje que lo rodea», dice el autor.

A medida que hortalizas, raíces y hojas verdes asoman, se infectan, mueren o ni siquiera atisban sospecha de haber sido sembradas, este narrador inmerso en esa geografía rural reflexiona sobre la ruptura del amor y ese punto que intempestivamente define una historia amorosa, a la vez que cruza recuerdos de su infancia, narra sus días en el campo y experimenta el duelo. «Un cuerpo apenado, ¿cómo se escribe?», se pregunta el protagonista en primera persona.

«Cuando pensaba activar esta línea narrativa fui buscando una especie de modulación entre diferentes posturas y formas de relacionarse con la escritura, que en la novela están un poco exacerbadas y subrayadas»

Destacado sobre todo como cuentista, Federico Falco (General Cabrera, 1977) es autor de los libros de cuentos «222 patitos», «La hora de los monos» o «Un cementerio perfecto». Si bien incursionó en otros géneros porque trabajó la poesía en «Made in China» y publicó la novela breve «Cielos de Córdoba». «Los llanos» (Anagrama) es su primera novela de largo aliento y resultó finalista del importante Premio Herralde. «Fue un pasaje bastante fluido, en el cual casi no me di cuenta. Fue una novela que escribí sin saber que estaba escribiendo una novela», confiesa.

-Télam: Hay en esta novela una singular forma de narrar el tiempo, donde por momentos no ocurre nada en el sentido de que no hay una sucesión de episodios ¿qué te interesaba explorar?
-Federico Falco: Esa idea de escribir el tiempo estaba consciente desde hace mucho. Me parecía un desafío interesante y a mí los desafíos me motivan a escribir. En general, cuando uno escribe narrativa, sobre todo pensando en el mundo del cuento que es un mundo más comprimido, o buena parte de lo que ocurre en un cuento tiene que significar, casi siempre se está pensando en conflictos. En que pasen cosas y esas cosas sean decisivas en la vida de los personajes, que cambien las acciones, que generen consecuencias. Porque sucedió A pasa B y porque sucedió B vas a llegar a C. Entonces, desde hace mucho pensaba cómo narrar el tiempo, el paso del tiempo, sin que necesariamente pasaran cosas.

-T: Ese tiempo transcurre en el relato de un narrador que decide refugiarse solo en un campo, donde apenas ve otras personas.
-F.F: Me interesaba también pensar en la soledad. Los personajes solitarios siempre me obsesionaron mucho. En mi libro anterior, «Las liebres», hay un cuento protagonizado por una especie de ermitaño que vive solo en la montaña. Y mientras escribía ese cuento pensaba: ¿Qué hace todo el día la gente que vive sola en el medio de la montaña o de la selva? Porque  en la ciudad uno puede ver gente, salir a tomar un café, caminar, aunque no estés en contacto con otros hay zonas de convivencia. Me daba curiosidad pensar cómo será el día de una persona que está sola durante mucho tiempo, cómo narrar eso, cómo pasa ese tiempo. Esa presencia estuvo ahí primero y fue la que empezó a empujar ciertas zonas del texto, sobre todo las que tienen que ver con la huerta, el paisaje.

-T: El narrador vive un duelo y cuando reflexiona sobre el tiempo en duelo lo define como un estado en el que «no hubiera narrativa» ¿cómo se vincula con el devenir del narrador?
-F.F: El personaje entra en una especie de vida en pausa. Me lo imaginaba mucho como esos animales heridos que van a lamerse las heridas en soledad. Es un personaje al que se le desarmó su vida y un poco la fantasía es narrar una nueva vida ahí en esa soledad del llano.

-T: Y en ese sentido lo que espera es serenarse con la quietud de la llanura. Es curioso porque el narrador es un escritor ¿lo contiene más la naturaleza que el lenguaje?
-F.F: El lenguaje a veces es tramposo. Trabajar con el lenguaje es pensar todo el tiempo. Y hay muchos momentos de nuestra vida donde lo que ansiamos es no pensar sino aquietar los pensamientos, salir de ese remolino de palabras que se arman en la mente. Mucha gente encuentra salidas a este tipo de remolino en hacer deporte, salir a correr, laborterapia, pintar mándalas, hacer cerámica, cosas que de alguna silencian este rumiar permanente de la mente. Cuando uno trabaja con el lenguaje y una de las cosas que más te gusta hacer es escribir,  justamente, por lo menos a mí a veces me pasa, se exacerba ese estado mental del que querés salir. A veces las palabras pueden armar deslizamientos que se transforman en pequeñas trampas, o pequeños loops, y uno queda como ahí varado. Me parecía interesante que para el personaje las posibles salidas fueran el trabajo físico en la huerta y, por otro lado, el paisaje, esa especie de quietud.

-T: La huerta es una analogía que subyace al oficio de escribir y está presente todo el tiempo en la novela ¿cómo dialogaron?
-F.F: Mientras editaba la novela pensaba mucho en dos movimientos que hacen ecos unos con otros, dos ejes: el eje del control y del descontrol, las cosas que uno puede controlar y las que se descontrolan solas, y el del armar y desarmar. A la hora de armar la novela, esas dos líneas, me sirvieron mucho para ir pensando la estructura. La comparación entre la escritura y la huerta tiene que ver con eso: el lenguaje por momentos nos da la sensación de que podemos controlar la realidad,  de que nombrando podemos controlar lo que hay afuera, apropiárselo de alguna manera y mucho más todavía si lo pensamos en los relatos. Pero la huerta, como cualquier microcosmos de la naturaleza, tiene otras leyes e incluso tiene otro tipo de fenómenos que ni siquiera obedecen las leyes.
Hay un diálogo constante en ese tratar de controlar, de hacer y de armar y otro descontrol y desarmar que es parte de la vida diaria porque son organismos vivos creciendo por su propia fuerza, por su propia inercia y por momentos están en medio de un montón de cosas que pasan, como pueden ser las sequías, las hormigas o pueden ser acontecimientos que interrumpen. Y eso implica una observación muy cercana del ciclo de la vida, de cosas que nacen, se desarrollan y mueren. En cambio, la escritura es un lugar donde el impulso es que no haya cambio. Cuando escribís cambiás una versión, movés una coma de lugar y de alguna manera el texto va creciendo con vos, pero también, en ese crecer, queda ahí estático en ese momento, con el punto final. Esa evolución queda fijada casi como una foto: no hay un desintegrarse del texto, es más un impulso hacia el control.

«Esa idea de escribir el tiempo estaba consciente desde hace mucho. Me parecía un desafío interesante y los desafíos me motivan a escribir»

-T: ¿Te permitieron postular ideas propias esas reflexiones que construye el narrador sobre la escritura?
-F.F: Cuando pensaba activar esta línea narrativa que tiene que ver con las reflexiones de la escritura fui buscando una especie de modulación entre diferentes posturas y formas de relacionarse con la escritura, que en la novela están un poco exacerbadas y subrayadas para volverlas más evidentes. Mucho de la reflexión sobre la escritura me sirvió pensarla en el marco de los talleres  porque ahí estás todo el tiempo reflexionando sobre procedimientos, por qué y para qué y ahí van apareciendo diferentes respuestas, acercamientos. En la novela es más un recorrido por posibles reflexiones que un recorrido que refleje mi propio recorrido.
El personaje, al principio, está totalmente bloqueado. No puede escribir cuentos porque dejó de creer en la posibilidad del relato. Él había aplicado las estructuras clásicas del relato en su propia vida, su vida se desarmó y eso le genera una desconfianza sobre su propio crear relato. De alguna manera después desanda sus pasos y llega a una idea de la escritura como práctica, que es algo que a mí sí me interesa y sí me representa.

-T: El narrador tiene elementos que hacen pensar en tu biografía, se llama Fede y su infancia fue en Cabrera ¿qué te permitió este juego?
-F.F: Algunos de los materiales son muy cercanos a mi biografía. Pero también hay partes muy lejanas, incluso que originalmente las había empezado a escribir como cuentos totalmente ficcionales. Esta hibridez en relación a cuán cercano o cuán lejano pueden ser a mi estaba en el origen de la novela.  Me pareció que era un juego que podía jugar, le podría haber puesto al narrador Pedro o Joaquín y todo el mundo iba a pensar «este es él», entonces me parecía que a la novela le podía servir como juego con el lector, como pequeña vacilación en el texto.

-T: Por otro lado, otro elemento es cómo se cuentan las vidas de las personas en un pueblo a partir de algunos pocos hechos, ¿qué te permitía reflexionar sobre eso?
-F.F: En las sociedades más pequeñas donde la gente se conoce mucho, las identidades se perciben a partir de cuatro o cinco hechos que se pueden memorizar, se repiten y vas a ser conocido siempre por eso. Pero por otro lado, no dejan de ser un relato y la creación de alguien. Y en un sentido me parecía interesante hacer vacilar, o llamar la atención de esa cuestión: lo que construimos como nuestro pasado, nuestros recuerdos, también son relatos. Son elecciones narrativas que hacemos. Probablemente otra persona va a relatar las cosas de una manera totalmente diferente y va a narrar esa biografía de otra forma, me interesaba llamar la atención. A veces la ficción es la manera más cercana de narrar lo verdadero, como dice Alexandra Kohan, porque también lo verdadero es una construcción ficcional. Y para mí, que soy un escritor de ficción, ese límite que impone la no ficción, ese no que hay adelante  me resulta muy difícil de respetar a la hora de escribir. Todo el tiempo tiendo a imaginar, inventar, a acomodar lo real, a buscar ciertos patrones, a construir desde cierta artificialidad, entonces me parecía interesante que hubiera un pequeño pliegue en la novela y una marca de vacilación.

-T: Justamente se expone mucho esa idea sobre la estructura del relato ¿cómo la entendés?
-F.F: Algo que al narrador le obsesiona bastante es esta idea de la biografía como un trazo que va poniendo hitos y tiene que armar un dibujo armónico. Hay un tráfico que me interesa explorar entre la forma, el arte y las formas de la vida y cómo, a veces, tratamos de aplicar a la vida real esas formas que son del mundo del arte, esas estructuras de los relatos que son estructuras que la «vida real» no tiene por qué respetar.

-T: Y que como en esta novela la naturaleza no respeta, como esa huerta indomable.
-F.F: El personaje quedó atrapado dentro de un propio relato que se le desarmó, no entiende los sentidos, por qué pasó. Y, claro, si concibiera la vida como un dibujo de un solo trazo se le arruinó el dibujo y quedó atrapado en ese relato. La novela trata de plantear otras formas de relacionar arte y vida y otras formas de pensar la propia biografía, que no necesariamente tiene que ver con un solo trazo sino con otros dibujos, otros azares.

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